La libertad es un constructo difícil de definir. Sabemos que puede leerse desde diversas perspectivas, aparentemente contradictorias, pero que confluyen conjuntamente hacia la autenticidad del Ser.
Podemos pensar en la libertad exterior la cual, nos guste o no, estará siempre condicionada por la convivencia en sociedad. Suele regularse por leyes sociales y de educación, que procuran justicia y derechos para todos.
Pero podemos pensar también en la libertad interior, esa que nadie puede acotar salvo la propia mente, que puede convertirse en nuestro principal dictador. Los pensamientos incontrolados nos esclavizan. La libertad supondría distanciarse de ellos, junto a las emociones que suscitan, para que una mente razonable, objetiva y serena fuera quien tomara las decisiones.
La mente se alimenta a veces del parecer y opiniones de los demás, del monopolio de las ideologías o de la presión de modas o poderosos. La verdadera libertad exonera de todo ello, la conciencia vuela libre y decide, entre toda posibilidad, lo que más le conviene en cada momento. No debemos ceder a otros el poder sobre nosotros mismos. Esta libertad conecta con el Ser y es la que más felices nos puede hacer: existe un espacio profundo en nosotros mismos contra el cual no puede atentar ninguna fuerza, dominación, imposición o circunstancia adversa exterior. Es nuestro reino personal, nuestra fortaleza blindada, llena de paz, luz y confianza, verdadero refugio cuando exteriormente no vislumbramos la salida.
Ser dueños de nosotros mismos, de nuestros estados anímicos, es un privilegio que vale la pena conseguir, porque cambia la vida y nos hace experimentar una libertad auténtica. Esto significa tener la capacidad de elegir lo que sentimos en cada circunstancia de la vida. De no dejarnos atrapar por pensamientos que generan en nosotros emociones negativas (a veces no los podemos ahuyentar, pero sí podemos elegir no hacerles caso). Y por otro lado, la elección (decisión) consciente de cultivar y entrenar pensamientos positivos y esperanzados que, sin dejar de ser realistas, ayudan a vivir la vida de manera constructiva y gratificante.
La libertad debe asumir también la posibilidad de equivocarse. La vida y las decisiones que se van tomando conllevan, habitualmente, un cierto riesgo del que hay que ser conscientes; hay que saber aceptar toda posible consecuencia y crecer a través de ello. Es la valentía de ser libre, con sus costes y beneficios. Saber que podemos fallar, pero volveremos a intentarlo.
La responsabilidad ha de ir, no obstante, por delante de toda libertad, de manera razonable. A menudo, renunciamos a ciertas cosas que apetecen, porque otras nos parecen, éticamente, más importantes. Sin embargo, esta capacidad también necesita libertad, la libertad de renunciar a nosotros mismos, nuestras apetencias, cuando no convienen a nosotros mismos o a otros.
De aquí que también se diga: mi libertad acaba donde empiezan la libertad, derecho y dignidad de los demás.