En tiempos convulsos, hay personas que se sienten descolocadas, la incertidumbre genera ansiedad; o bien personas con ideas conspiracionistas, proclives al tremendismo y fatalismo para las cuales el fin del mundo está llegando siempre.
La sensación de indefensión e impotencia ante situaciones que no dependen de nosotros y nos sobrepasan pueden echarse encima, generando profundo desasosiego.
En tales circunstancias, hay que agarrarse al sencillo quehacer de cada día, bien hecho y tranquilo, no dejar nunca el ejercicio físico, que supone, a nivel médico, la primera medida de salud y terapia preventiva en multitud de dolencias. Caminar, respirar hondo y con calma (respiración diafragmática: con el estómago, antes que el pecho); dieta saludable; interacción social, relaciones amables y cordiales, ayuda mutua; tiempos de silencio, meditación, oración... espacios donde emerge el yo seguro, que siempre nos acompaña.
Son actitudes y prácticas conocidas, fáciles de enumerar, pero díciles de sostener en la vida como reto cotidiano responsable, constructivo y motivador.
Pero vale la pena el esfuerzo, adelante con confianza, sembrando alrededor esa paz que queremos para nosotros y deseamos también para el mundo.
Leí hace tiempo unos versos que inspiran; hoja de ruta para todo aquel que quiera cultivar y hacer crecer la paz en el corazón:
Respira paz y sonríe el que agradece, aunque poco tenga.
El que valora lo que tiene sin dejar de buscar lo que anhela.
El que se empeña en ver lo bueno de todo y todos, a pesar de apariencias nefastas.
El que confía a pesar de tropiezos y adversidad.
El que sabe que lo mejor...
está siempre por llegar.