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martes, 9 de noviembre de 2021

Y TEN EN CUENTA A LOS DEMÁS

 


Sí,  no te olvides de ti y ten también en cuenta  a los demás. Porque importan mucho, porque te completan.

El ser humano no puede aislarse de los otros,  porque son una prolongación de sí mismo.
Acercándose a los demás se acerca también al propio yo, alejándose de ellos se aleja también de sí.

Nos necesitamos los unos a los otros, lo cual no significa esclavizarse a nadie ni depender excesivamente  de ningún otro.
Pero mantenernos unidos, conectados con los demás, generando vínculos cordiales, colaborativos, solidarios, prosociales, constructivos,  nos procura vida de calidad, más gustosa y feliz, sin esa sensación de vacío que produce una soledad mal gestionada. Nos hace mejores personas y avanza un mundo más justo y grato para todos.

Puede uno vivir acompañado y sentirse tremendamente solo.
Y se puede vivir solo pero nunca sentir negativamente la soledad, sintiéndose pleno, rico y vivo por dentro, bien comunicado.

La conexión con otros, a distintos niveles, fortalece la empatía, esa compresión profunda de lo que puede estar viviendo el otro, como si estuvieras en su propia piel y calzaras sus zapatos. La cual empatía supone también una fuente inagotable de conocimiento propio.
A menudo, los demás se convierten en nuestro espejo.

El equilibrio entre nosotros mismos y los demás se sitúa en un punto adecuado de la realidad, que se sostiene por sí misma, pero se ancla en muchos nodos que, junto a una libre y responsable gestión,  garantizan una estabilidad  fiable, personal y social.

No olvides a los demás,  todo amor en siembra volverá a ti multiplicado. 







lunes, 23 de noviembre de 2020

COMUNICAR





Comunicar con los demás (charlar, compartir, dialogar) no solo es importante  sino necesario  para el equilibrio personal  y los procesos de socialización humana. 
El ser humano es un animal social que necesita de los demás. 

Aprender a transmitir ideas y sentimientos,  aprender a escuchar  son tareas elementales para entendernos, para evitar conflictos (o solucionarlos),  para sentirse mejor consigo mismo y con las  personas en un mundo difícil.   Es asignatura importante  que debe aprenderse desde la infancia para adquirir una adecuada competencia comunicativa. 
El ser humano re-crea la realidad a través del lenguaje.

Comunicamos verbalmente con el habla (oralidad) o bien por la escritura, pero también por lenguaje no verbal:  gestos/ señales o paralenguaje (acento, volumen de voz, entonación, velocidad del habla...). Incluso con el silencio.  Todo transmite información de manera explícita o implícita, aunque lo que entendemos como comunicación, en sí, supone una acción consciente e intencional que pretende informar, generar acciones, conocer al otro y darse a conocer, solucionar conflictos, llegar a acuerdos,  transmitir conocimientos y enseñar. 

Por otro lado, para comunicar mejor hay que conocerse bien, ser capaces de sinceridad y autenticidad  para transmitir confianza:  esa realidad consistente en la que se asientan y consolidan  las relaciones humanas y  sus sociedades.          

El ser humano, como  criatura contingente,  depende de otros factores, personas o circunstancias,  para existir.   Como ser social, necesitará de la aportación de los demás para una vida digna, colaborando él, por su parte, con sus propios talentos y capacidades. 
Comunicar adecuadamente le permitirá  expresar sus necesidades,  creencias, deseos, metas, proyectos, anhelos, solicitar la ayuda que necesite y también poder brindarla. 

Para que el comunicar sea efectivo y positivo los expertos incluyen los siguientes rasgos y actitudes:  escucha activa, empatía, comprensión del lenguaje no verbal (lenguaje corporal,paralenguaje), asertividad,  habilidad para resolver diferencias, respeto y credibilidad. 

Subjetivamente,  los beneficios de una comunicación positiva son evidentes.   Las personas disminuyen su estrés,  se sienten mejor consigo mismas y con los demás, son más creativas y se concentran mejor;  aprenden más, se motivan con mayor facilidad,  mejoran el rendimiento,  se hacen más empáticas y comprensivas, más resilientes y responsables; gestionan mejor sus metas y sus logros personales,  crecen y maduran,  tanto cognitivamente como emocionalmente,  de manera significativa. 

Comunicar adecuadamente se convierte en una manera de amar.

                                                             






lunes, 18 de mayo de 2020

MADUREZ PERSONAL


«Madurez es lo que alcanzo cuando ya no tengo necesidad de juzgar ni culpar a nada ni a nadie de lo que me sucede» Anthony de Mello
La madurez personal es un reto para la persona humana.
No todos se dan cuenta de su importancia, porque eso de  "madurez" parece asociarse a echarse años encima y acabar viejunos antes de tiempo.
Pero no es tal.  Se conocen   niños o jóvenes  equilibrados,  sensatos,  "maduros" para su edad, que pueden llamar la atención,  porque es un talento,  tan escaso a veces,  que puede sorprender.  Por otro lado,  existen adultos cuya inmadurez  muere solo con ellos.  

Por otra parte,  el bienestar interior de una persona madura no tiene parangón.  Saben manejar las situaciones complicadas de la vida (humanas, relacionales, laborales, sucesos inesperados) de manera eficiente,  sin exceso de dramatismo en la adversidad ni euforia sobrante en las alegrías. Aceptan la realidad, superan conflictos. 

 Tienen juicio ponderado, saben de  lealtad y objetividad.   No se dejan llevar por impulsos y  controlan bien sus emociones.  Escuchan y tienen en cuenta a los demás,  pero son ellos quienes toman, con libertad,  las decisiones definitivas.  Son positivos,  sencillos y afables, nunca envarados ni demasiado serios;  abiertos emocionalmente al amor, al afecto,  que saben dar y  recibir.   

Son de mente abierta, se aceptan a sí mismos y por ello son capaces de aceptar a los demás.  Hábiles en inteligencia emocional,  poseen  gran capacidad de empatía.  Tras pasar por el "yo" y el "tú",  eligen el Nosotros.  Saben cuidar a otros y dejarse cuidar.

No entienden de culpa,  sino de  re-conocimiento y responsabilidad.

Son capaces de mirar hacia atrás en su propia vida,  por muy dura difícil que haya sido,  sin amargura ni rencor;  aprenden a  valorarla con paz y  aceptación,  sin el dolor o  violencia de heridas no curadas,  incluso con gratitud,  a pesar de su crudeza.    Y viven abiertos a la existencia, aceptando lo que llega,  sabiendo que es maestra y siempre tiene algo que enseñar.

De todo aprenden,  porque buscan crecimiento,   sabiendo que ello es posible hasta el instante último de la vida.  Aceptan las críticas para conocerse mejor a sí mismos, sus errores les instruyen.   

Lo mejor a tener en cuenta es que,  aunque te faltaran ahora mismo un buen puñado de elementos, siempre hay oportunidad de encontrarlos en la vida:   bastan empeño, ganas, fuerza de voluntad para  trabajar consigo mismo  y quererlo conseguir.















martes, 11 de septiembre de 2018

AMAR


Leía un día el artículo de una reflexión personal concluyendo con una frase tan sencilla como  profunda:   "En ocasiones, la caricia del amor es el dolor"
Y también,  "El amor nos humaniza..., embellece la vida". 

Las dos ideas son ciertas y se complementan,  porque la vida humana está tejida de penas y alegrías, risas y llanto,  dulzura y  dolor,  tiempos de adversidad o bonanza. Y justamente,  la clave para no perderse en ello  se llama Amor. 

Un amor que está más allá del sentimiento.  Un amor que no será siempre fácil ni espontáneo (más valioso, si difícil),  pero que si es amor,  los buenos frutos  a corto, medio o largo plazo,  están asegurados.  

Tal amor ha de estar dirigido a la vida misma,  en general.  Vida que comprenderá  personas, circunstancias, condiciones más o menos asequibles o adversas,  situaciones concretas...  además de uno mismo, que también cuenta.  

     - Amar a los demás se hace fácil cuando  descubrimos y trabajamos esa maravillosa capacidad que llamamos empatía;   el otro se nos revela entonces  como un alter ego  del que siempre hallaremos algo que aprender.  Sus propias sombras,  si no idénticas,  tendrán reflejos de las  sombras que nosotros proyectamos,  y las fortalezas del otro  estimularán y  animarán las nuestras.   Cuando se logra empatizar,  entender profundamente a alguien,  el amor crece  sin esfuerzo y no se deja llevar por apariencias.  

     - Aceptando y amando al otro,  estaremos creciendo también en el recto amor a nosotros mismos.  Lo cual es fundamental,   porque si esto no se logra:  autoaceptación,   cariño y paciencia consigo mismo,  añadiendo un esfuerzo motivado para crecer,  madurar y ser capaces de dar siempre lo mejor de nosotros,    no seremos capaces de amar como conviene.   Estaremos necesitando al otro,  manipulándolo o dependiendo emocionalmente de los demás  (todo ello aspira a  ser amor,  pero supone solo un intento inmaduro que debe  crecer aún mucho más). 

Ambas maneras de amor,  a nosotros mismos  y a los demás  se alimentan mutuamente y dependen uno del otro para acreditarse;  es decir,  si falla uno,  difícilmente el otro será real. 

      -  Y el amor al resto de  circunstancias, situaciones, condiciones que vayan llegando en la vida  podemos situarlo  entre los dos amores básicos anteriores (a uno mismo y a los demás),  pues también se alimenta de ellos.  Si aquellos dos pilares son fuertes,   harán fácil  la aceptación de la vida,  tal como venga,  en la dicha y en la adversidad,  como las dos caras de una misma moneda valiosa,  porque así es y así funciona  nuestra realidad humana. 

      - Toda circunstancia,  por difícil y adversa que nos parezca,   llega de la mano de una Vida que es  Maestra y nos enseña.    Todo acontecer conlleva una  experiencia,  a veces importante,  por su sentido de reto y de prueba,   que se solucionará siempre  con  Paz-ciencia (el arte de los sabios), tesón  y Confianza.    





martes, 1 de mayo de 2018

¿QUÉ SABES DE TI?




Habrás oído alguna vez el famoso aforismo "Conócete a ti mismo", inscrito en el pronaos del templo griego de Apolo en Delfos.   Desde la Antigüedad nos recuerda que, para acceder a la Sabiduría más elemental, se  necesita aquella premisa básica,  situando su exhortación  bien visible a la entrada del templo.

Es frase que encierra las más primitivas preguntas que brotaron del corazón humano en su despertar de Con-ciencia:  quién soy,  de dónde venimos,  adónde vamos... todas aquellas cuestiones que emergen desde la perplejidad de un yo que se descubre a sí mismo  y  necesita  comprenderse.   

El intentar aproximarse a este fin  supone todo un camino personal de conocimiento propio  (naturaleza, limitaciones, mente,  emociones y el propio misterio espiritual)  que sacie nuestra sed existencial y permita hacernos mejores personas:  más auténticas, sabias y consistentes.  

De alguna manera, acaba siendo una "obligación moral"  para cada persona.  Observarse, comprenderse, aceptarse y estudiar la propia alma en  sus motivaciones y comportamientos... son clave  para  orientar la vida, entender el mundo y comprender a los demás.   El conocimiento propio estimula el autocontrol de impulsos y emociones  y  mejora la convivencia social,  favoreciendo la armonía  entre personas y pueblos.


El Conocimiento propio genera, además, la importantísima   Empatía  pues,  el ser capaces de conocer,  aceptar y comprender el propio barro  nos hace aptos  para conocer,  aceptar y comprender igualmente a los demás.  El conocimiento propio y la empatía son las raíces más sólidas, profundas y fiables  de la llamada  Inteligencia Emocional. 

Pero el Conocimiento propio no se queda solo en la superficie de las cosas;  es también  llave y puerta para un Conocimiento Interior,  más profundo,  de la realidad;  ese que,  más allá de lo visible,  teje con Sabiduría los incalculables hilos del mundo.  Promueve una Mirada  despierta que no se deja engañar por apariencias,  sino que ve en lo profundo  la verdad de las cosas,  la realidad que subyace.   Siendo capaz,  así,  de guiar la propia vida con acierto  y de acompañar a los demás hacia su mejor destino.                                              

martes, 6 de marzo de 2018

HERIDAS


 La vida nos trabaja y a menudo nos hiere: en la confluencia de la propia individualidad  con su entorno de relaciones,  convivencia y avatares de la vida, puede suceder de todo,  y a menudo ese "todo"  nos araña  y desgarra dolorosamente el ser.  
Nadie  escapa a esta acción purificadora que, en definitiva,  es la que nos hace crecer y madurar en la vida. 

Su objetivo es hacernos mejores personas:  más sabias, sencillas y humildes, más confiadas;  más comprensivas, empáticas con el sufrimiento ajeno,  convivibles y fraternas.  Es  la finalidad  propositiva de todo acontecer en la vida, que ilumina la subyacencia  Inteligente y su Trascendencia amorosa, al corazón que no se cierra y  abre la Mirada. 

Ahora bien,  el ser humano es  frágil  y aunque la capacidad de afrontamiento (o resiliencia) es un potencial humano más o menos desarrollado en las personas, se necesita entrenamiento y  mentalización. Hay que disponer de razones y argumentos que hagan falta en momentos delicados para conseguir en la vida que todo acontecer sea siempre ladrillo y construcción,  nunca destrozo o aniquilamiento.  Concepción Arenal decía sabiamente que "el dolor,  cuando no se convierte en verdugo,  es un gran maestro"  
  

Hay que diferenciar  dolor y sufrimiento.    "El dolor es inevitable,  pero el sufrimiento,  opcional",  aseguraba Buda tras muchos años de meditación. 

Porque el dolor acompañará siempre nuestra vida; es genuino,  natural,  detectado por nuestro ser finito y contingente en su precariedad. Para todo organismo biológico resulta estresante  el hecho de  abrirse a la vida en un mundo difícil y hostil; tener que  aprender,  equivocarse,  fracasar...  Normalmente,  el dolor se asocia con la pérdida y el duelo,  se expresa como tristeza o rabia  y es  corto si el procesamiento mental y emocional resultan adecuados.  Es  señal  adaptativa  que avisa  de  algo que  no funciona y no va bien,  llamando a revisión e impulsando a gestionar adecuadamente la realidad que nos daña.  Lo saludable es aceptar,  integrarlo en la vida como algo natural, inherente a ella.  El decir sí a la vida,  implica aceptación   (de lo que gusta y lo que no),  sabiendo que asumir plenamente la vida es aprendizaje,  crecimiento y  bagaje  de  sabiduría. 

Sin embargo,  cuando el ser humano niega el dolor,  genera sufrimiento y lo perpetúa.
 Sufrir (sub,  bajo;  ferre,  llevar algo,  cargar)  es ese añadido desviado y  subjetivo, con grandes componentes de ansiedad  (con intensidad y matices diversos  según la persona),  que crece como bola de nieve al dar vueltas a las cosas,  rumiarlas sin control,  victimizarse y culpar siempre al entorno (situaciones, personas o cosas) de nuestra desgracia.    A menudo  se enquista y acaba configurando una postura personal,  una manera equivocada de afrontar la vida, cognitiva y emocionalmente:  la persona que se cierra  para evitar el dolor reaccionando amargamente y  luchando  contra él,  en lugar de hacerlo remitir  lo  fortalece camuflado bajo el "cálido" y amargo manto del sufrir.  El sufrimiento es una jaula,  trasunto de una peligrosa y paradójica "zona de confort", que  se sostiene por la conmiseración,  el arrullamiento del propio victimismo y la culpa,  y una justificación cómoda para la no actuación.  (Bert Hellinger decía que "sufrir es más fácil que actuar")
Creyendo que no depende de nosotros, el sufrir nos arropa y se cronifica entrañado.   Cuando concienciamos que no es la culpa,  sino la responsabilidad quien nos salva y nos libera, la  trampa se desbarata y la jaula abre la puerta de la acción oportuna.

La restauración comienza en el punto mismo donde se desvió:    en lugar de evitar el dolor,  hay que abrirse a él,  asumirlo como parte integrante de la vida.  Por eso,  hay que huir de  tanto ruido mental,  ese alboroto interior   lleno de mensajes internos dañinos hacia uno mismo y hacia los demás:  juicios, reproches, rencor...  agotamiento en el esfuerzo de querer cambiar lo que pasó y es imposible modificar. 

La humildad de aceptarlo nos libera; nos hace sabios, pacientes, fuertes, humildes y esperanzados. 


                                                

lunes, 7 de agosto de 2017

AFABILIDAD





La Afabilidad  es   bella y esforzada.  Puede ser un reto heroico.   Parece sencilla y suena, en general, a "buenismo" fácil, trivial y asumido en el  convivir humano;   pero como talante (natural o adquirido)   puede llegar a costar muchísimo si no existe,  interiormente,   la determinada determinación  de cultivar esta actitud y  perseverar en ella.   La afabilidad conlleva  un importante valor añadido como  ejercicio de Inteligencia Emocional  beneficiosa para todos, individual y socialmente.   

Afable procede del latín  affabilitas  y significa agradable,  suave de trato, benevolente, dulce. En sentido propio,  sería aquel: "con quien se puede hablar fácilmente". Ternura y bondad de corazón que  nunca halla  distancia entre las personas,  sino cercanía, proximidad con todas ellas.  Exige autodominio y tacto (esto es Inteligencia Emocional) para acertar en el qué, cuando y cómo  de las cosas  y,  para ser realmente afable  ( no hipócrita),  se acompaña de  nobleza,  sencillez y  franqueza generosa. 

La afabilidad  construye personas  y,  desde ellas,   grupos fuertes, solidarios;   sociedades saludables, cohesionadas y consistentes.  Aún más allá, el Bien que se ejercita un solo instante por amor, acrecienta el Bien y lo Bueno de todo el  Universo (por aquello del “efecto mariposa").

El desgaste cotidiano en la convivencia (ambientes familiares, laborales o amistosos/fraternos), el exceso o falta de confianza,  la tensión acumulada,  las pequeñas frustraciones y luchas de cada día... acaban minando toda positividad emocional que  queda finalmente  a merced de la visceralidad incontrolada, el  juicio y el prejuicio; del pronto o impulso más primario, el mal humor o la impaciencia.  En cuanto se relaja la intención y el interés particular por mantenerla,  toda convivencia humana y fraterna  se resiente.

La Afabilidad ayuda a emerger lo mejor de las partes  (uno mismo y los demás). Contrariamente, el trato displicente,  poco amable,  autoritario y falto del respeto necesario  potencia  lo peor de las personas que emerge como reacción y  mecanismo de defensa errado. De todas formas,  el primer damnificado será siempre el poco afable (o "antipático")  que acaba solo y encerrado amargamente en su poca cordialidad  y sequedad de alma.  

La  afabilidad es  pilar fundamental en la escala de amor más elemental. Otro  pilar sería el respeto.   Respeto debido a todo ser humano,  en general  a las criaturas,  como parte maravillosa del inmenso don de Dios;  más allá del criterio propio, pensamiento o emoción particular, siempre diversos,  la voluntad de respeto  es, ya,  voluntad de amor. 
El tercer pilar sería la empatía ( ponerse en la piel y  zapatos del  otro).  Es  el más fuerte de los tres, capaz de fortalecer y potenciar los dos primeros.    
                                                                                             Apoyándose en esta trilogía  básica primordial puede asentarse,  consistente y responsablemente,  cualquier otra forma responsable  de amor comprometido,  bien nutrido por tan firme basamento y coexistiendo con él.