viernes, 25 de abril de 2025

INCERTIDUMBRES DE LA VIDA




La
certidumbre significa certeza o seguridad de algo, sensación de que podemos controlar lo que llega cada día y afecta nuestra vida. Cuanto esto falta, hablamos de incertidumbre.  Siendo  una realidad existencial inevitable,  hay que saber lidiar con ella.  Hay instrumentos de medición que miden este factor de la personalidad como tolerancia a la incertidumbre.  Los que puntúan alto en ella encuentran facilitadas las mejores actitudes para una vida resiliente y satisfactoria.  Pero no todos somos iguales y muchas personas, cuando algo se sale del guion  y escapa a su control, no pueden hacer ese cierre cognitivo que les da seguridad, se desinstalan interiormente y sucumben ante la rumiación y  pensamientos negativos, incluso catastróficos, que generan. 

Las incertidumbres de la vida despiertan sentimientos de vulnerabilidad.  Con lo cual, la primera actitud a trabajar para un afrontamiento sencillo y normalizado es asumir que la vida es cambio y que nunca todo ni en todo momento, lo podremos controlar. 
Hay que aprender actitudes de flujo,  centrándose en el presente que tenemos entre manos, sí depende de nosotroa y nos gratifica; dejar hacer a la vida, soltar lo que no podemos ni nos corresponde y confiar, como actitud milagro. 

Las ambigüedades pueden llegar a través de situaciones,  acontecimientos o bien a través de personas indefinidas, poco claras, de las que nunca sabemos ciertamente qué esperar.   Aquí puede ser más complicado gestionar, porque suma la libertad personal del otro;  tampoco podemos exigir a los demás lo que a nosotros más conviene, dentro de lo razonable y según la 
confianza que exista entre ambas partes.   

Así, cuando son las personas quienes no responden a nuestras expectativas y nos desgastan,  lo mejor siempre es alejarse a una distancia que nos resulte cómoda, aceptar lo bueno y oportuno que ofrezcan y pasar de lo demás que no saben, no quieren o no pueden dar.   
Nuestra estabilidad emocional y felicidad personal no pueden depender de los vaivenes de la vida o de la variabilidad ajena, hay que hundir nuestras raíces más hondo, en realidades profundas e inalienables que nos ofrezcan  paz y seguridad.  Muchos alcanzarán esta buena tierra interior de anclaje con la meditación, por ejemplo, la oración del creyente, o un autocuidado delicado y amable hacia nosotros mismos que nos proteja de posibilidades (que llegarán) más o menos gratas, incluso, adversas. 

Cuando son circunstancias  poco claras las que podemos percibir como amenaza, la incertidumbre aquí funciona como motivación que busca un terreno más seguro e intenta encontrarlo.  Pero hecho lo posible por parte nuestra, lo demás ya no depende de nosotros: hay que relajarse y centrarse en aquello que sí podemos  y vivir con paz. 
Apoyo moral, amistad, flexibilidad mental, autocuidado, rutinas habituales que sostienen y ordenan  nuestra vida, gestión de emociones, ejercicio físico, actividades gratificantes, actividades compartidas... serán remedios saludables, buenos remos que ayudarán el navegar de nuestra barca por los variopintos mares de la existencia.