Hay momentos en la vida en que parece que todo se derrumba, el cielo se desvanece y bajo los pies pende el vacío. Es como sentirse colgado en medio de la nada sin el consuelo de arriba ni el apoyo del suelo que nos sostiene. El absurdo, la irracionalidad, la injusticia, el disparate, pueden estar servidos alrededor de aquellas circunstancias concretas que promovieron la inestabilidad más absoluta, el vértigo, la sensación de caer en un abismo sin fin.
Avanzamos en la vida arropados por esquemas que nos dan seguridad, lo cual es normal y nos protege. En momentos de crisis, cuando las antiguas estructuras de pensamiento no dan repuesta a nuevos problemas planteados, el cambio de criterio no ocurrirá súbitamente, sino que se irá preparando poco a poco. El encuentro con realidades desconocidas expande la visión de la vida, socavando al mismo tiempo la idoneidad de esquemas precedentes que, finalmente, se desmoronan y acaban descartándose por estrechos, inadecuados u obsoletos. De esta manera, vamos adoptando un sistema de creencias y convicciones más amplio, robusto y fiable que resuelve mejor aquellos retos vigentes a los cuales no llegaban las carencias del anterior.
Cuando antiguas estructuras mentales acaban perdiendo fuerza y credibilidad, lo nuevo que nos referencia e identifica la actualidad de nuestro ser se erige como nuevo paradigma de pensamiento, actitudes, vida y emoción, que guiarán nuestra vida mientras nos sean útiles evolutivamente hablando.
Cuando el mismo devenir de vida, imparable, siga ampliando la experiencia y el quehacer mental vuelva a sentirse estrecho, un nuevo esquema mental y sistema de pensamiento emergerán a tiempo para seguir sosteniendo, apoyando y dinamizando nuestra andadura humana, relacional, social... y también espiritual, al paso de una conciencia cada vez más evolucionada y despierta.
Crecemos y evolucionamos. A través de la cotidianeidad de la Vida, la Sabiduría Providente que acompaña, implícita, nos cuida y educa permitiendo lo que conviene para nuestro mejor progreso humano y espiritual.
No significa en absoluto que esto sea fácil de asumir en circunstancias adversas... Porque, para el que vive momentos de crisis, incertidumbre y duda, zozobra o adversidad, toda seguridad desaparece, su impresión subjetiva es de "abandono" (del cielo y de la tierra), desconcierto y caos, sin conocer aún lo que la vida quiere enseñar a través de estas situaciones, ni saber adónde dirigir el siguiente paso de cada día.
La mirada inteligente del sabio conoce la vida, sus procesos y sus "vueltas", sabiendo que, con la debida actitud de afrontamiento, todo lleva a buen lugar. La confianza estabiliza el timón del alma en medio de la tempestad hasta que el temporal amaine y un rayo de luz siga orientando el rumbo.
Porque es así: tras la tormenta luce el sol de nuevo o bien aparece la luna y guían las estrellas. Y, tras la noche, amanece con certeza. La luz renovada deja adivinar un escenario mas creíble, más real, que la fantasmagoría experimentada en el caos; poco a poco se vislumbra el camino, se retoma la buena senda y el timón del alma, guiado por el astro rey, vuelve a orientar su ruta.


