martes, 16 de febrero de 2021

DOLOR Y SUFRIMIENTO

 


   

Me llegó un día esta expresión:  "acoger" el sufrimiento,  no solo aceptar. Y me encantó.  La acogida es un gesto más cercano y positivo, más entrañable y profundo que la simple aceptación.   
Es también una realidad necesaria para la maduración de la vida humana,  y hay que saber entrenarla desde niños. Habría que inspirar una  confianza básica, global, en la vida, lo cual se aprende principalmente en los dos primeros años de infancia.  Ese pragmático "las cosas son como son, hay que tirar adelante,  crecer  y construir con ello",  también ayuda a muchos.     Enredarse obsesivamente en la pena,  en lo que pudo haber sido y no fue no conduce más que a la amarga parálisis del alma por  rumiación enfermiza de la propia desazón.  

 El saber procesar adecuadamente la adversidad,  las expectativas no cumplidas y su frustración,  así como toda suerte de dolor emocional que llega en la vida,  es aprendizaje necesario para afrontar la existencia en este mundo,  para crecer con lo que llega sin permitir que nos destruya,  para considerar todo acontecer como una escuela,  una oportunidad.   

Sin embargo,   la no evitación del sufrimiento inútil, que se puede y  debe ahorrar,  lo llamaríamos masoquismo;  todo sufrir "por adelantado", por rumiación excesiva, no conduce a nada ni soluciona nada.    Por eso,  muchos estudiosos del espíritu, y también los psicólogos, distinguimos dolor de sufrimiento:   

El dolor es inevitable en esta vida,  nada es fácil,  somos vulnerables, y el camino nos hiere y zarandea;  además,  forma parte del riesgo de vivir,  de nuestras elecciones,  de las pérdidas naturales que el ser humano va experimentando en su existencia; genera emociones lógicas como tristeza o rabia.    
El sufrimiento, sin embargo,  aparece  por resistencia psíquica a la sensación de malestar que el dolor produce; intervienen emociones y pensamientos que giran alrededor del hecho concreto que generó aquel dolor primero,  y lo alimentan continuamente en el recuerdo, la emoción negativa, el victimismo,  generando un sufrimiento crónico, desgastante e inútil, que acaba en depresión.    Sin darnos cuenta de que al resistir el dolor lo estamos perpetuando.    

El sufrimiento es por ello evitable y opcional,  controlable por la conciencia y la voluntad  cuando decidimos aceptarlo y acogerlo.   Pero se convierte para algunos en una imagen mantenida de cara a la vida y a los demás, lo cual supone arrastrar una pesada mochila durante demasiado tiempo,  paralizando el alma en su crecimiento, anchura y liberación.  
 Curiosamente, en nuestro mundo se acoge mejor el sufrimiento que el dolor,  el cual tiende a evitarse,  despreciando así la gran enseñanza que aporta sobre la vida.  

En cuanto se acepta el dolor, se acoge, procurando espacio y  tiempo para sentirlo y expresarlo,  poco a poco se va disolviendo y el sufrimiento desaparece. 

La capacidad de perdón y reconciliación con la vida, con uno mismo, con los demás   hacen el resto.  Junto a la pragmática sabiduría de ese dicho popular que afirma sin ambages:  "Lo que viene conviene"  (porque nos acercará a ese potencial humano, oculto,  que normalmente desconocemos) 






















sábado, 16 de enero de 2021

EMPEZAR DE NUEVO

 



Cada vez que se cierra un círculo  y se abre otro, para continuar la andadura,  nunca será igual,  porque  la vida se mueve en una espiral hacia lo alto  y el nuevo círculo que comienza se eleva sobre el anterior, sobre lo ya vivido, experienciado y aprendido.

De este modo,  cada año que pasa,  cada círculo que se cierra,  no está de más hacer balance,  valorar lo conseguido y construido,  anotar lo que aún nos falta  y querríamos lograr.   Establecer las nuevas metas y retos del año, decididos a escribir bonito en las páginas blancas de un nuevo cuaderno de vida.
                                                                                                                          
Para sacar buenas lecciones del ciclo anterior,  hay que revisar lo vivido y no dejar que los conflictos personales o relacionales cristalicen.  
En esto ayuda mucho el saber tanto perdonarse a sí mismo como perdonar a los demás.   Muy a menudo  las personas, incluso nosotros mismos y las cosas, no funcionan como desearíamos,  y la aceptación más elemental,  relajante y sencilla, se hace  aprendizaje, valiosa herramienta para la vida. 

Lo que podamos cambiar y arreglar,  porque no nos gusta, hay que  hacerlo antes o después,  pero cuando uno entiende que no es posible,  hay que aceptarlo como parte de la realidad. Y no frustrarse sino construir con ello.   La vida es una caja de sorpresas que,  tomadas como oportunidades,  forja personas admirables, consistentes, resilientes, luchadoras, que,  pase lo que pase,  no dejan de sentirse, en lo más hondo,  bien ancladas y profundamente felices.  

Hay que aprovechar las pasadas experiencias para conocerse mejor a sí mismo.  Esto es fundamental para la vida,  conocer las propias necesidades,  fortalezas y debilidades,  saber lo que se quiere y luchar por ello.  

De cara al nuevo ciclo,  en el primer mes del año ya iniciado  (en el que seguiremos superando, poco a poco, la pandemia) ayuda mucho anotar los nuevos objetivos, por ejemplo:  cuidar mejor nuestro cuerpo, mantener dieta saludable,  hacer más ejercicio;  aprender o perfeccionar una lengua,  conocer nuevas personas,  perder miedos,  liberarse de prejuicios,  trabajar un Interior personal pacificado, procurar ser más feliz.

Intenta buscar lo que más te gusta,  lo que te apasiona y te hace disfrutar profundamente,  para concederle el tiempo que le corresponde;  te hará más fuerte, motivado, confiado en ti y esperanzado.

Cuida tus actitudes,  hay que ser positivo sin dejar de ser realista.   No  pensar que siempre  va a salirnos todo bien sino estar en todo momento preparados para el fracaso  (mirándolo como oportunidades para crecer, reinventarse a veces;  además, si acontecen  por causa de errores propios,  de ellos siempre se aprende mucho).  Supera el rencor,  las personas son como son y todos nos equivocamos.  Si lo alimentas, solo amargarás y dañarás tu propio corazón,  impidiendo su crecimiento y expansión.  
Aprende a ser responsable y fiel a ti mismo, a tu conciencia más sincera y leal, para llevar coherentemente las riendas de tu propia vida.  Aunque tengas metas concretas, relativiza,  sé flexible, ya que  el pensamiento rígido y obcecado termina rompiéndonos; mucha paciencia con todo,  contigo mismo y con los demás.  Aprovecha lo aprendido y crecido anteriormente,  porque toda nueva construcción ha de apoyarse y anclar,  de manera consistente,  en lo ya adquirido, para afianzar la obra de la propia vida. 

Finalmente,  pesar de los retos, metas y objetivos propuestos,  no dejes de vivir el presente  (es lo único que realmente existe), sin que el pasado o el futuro te subyuguen en exceso y te resten paz y libertad.  


    



 

domingo, 20 de diciembre de 2020

VENTILACIÓN EMOCIONAL

 



Sabemos lo que cuesta controlar algunas emociones, y según las circunstancias, podemos, equivocadamente, reprimirlas sin más.  Es necesario saber soltarlas, encontrarles alguna manera de salida para que no nos dañen.  Nos va en ello la salud y también la calidad de vida  y relaciones.   La idea de ventilar sugiere, correctamente,  sacar algo de lo escondido y reprimido al exterior, para que circule el aire, despida malos olores impregnados y se sanee al mismo tiempo.  Su aprendizaje debería  comenzar  desde la infancia. 

Ya sabemos que las emociones que no son buenas ni malas,  suponen el resultado de la interacción del organismo con el entorno y tienen una función primaria adaptativa, es decir, preservación de la vida;  tienen tres sistemas de respuesta, a través de los cuales  se expresan:  subjetivo-cognitivo (sentimientos, sensaciones);  expresivo-conductual  (conductas y actitudes); fisiológico-adaptativo (stma. nervioso central o periférico).  Pero tienen también  funciones sociales (comunicarnos, solidarizarnos)  y motivacionales (conseguir objetivos,   imprescindibles, que acompañan la vida y las relaciones humanas).  

 Si se reprime  alguna emoción y no se expresa,  buscará  otro nivel de respuesta para hacerlo, produciendo una  sobrecarga  que puede dañar el organismo físico o psicológico,  por eso es tan importante una adecuada gestión de las emociones cotidianas.  

La ventilación emocional es una técnica   psicológica que ayuda a reconocer y ser conscientes de las emociones reprimidas para que no nos dañen.   En tiempos de pandemia,  con situaciones muy estresantes para muchos,  hay que tenerlo en cuenta, no dejar que se acumulen represivamente y se cronifique el malestar.  

 En primer lugar,   hay que concienciarlas e identificarlas y, una vez halladas, buscar vías de canalización que las expresen adecuadamente y las desahoguen,  de manera inocua, festiva o constructiva:  puede ser contando lo que nos pasa a un amigo o profesional;  escribiendo,  imaginando un cuento, una narración;  puede ser pintando o dibujando simbólicamente lo que se vive;  o bien, una danza expresiva u otro ejercicio  físico que descargue toxinas emocionales acumuladas. 

Por otro lado,  hay que aprender a relajarse convenientemente y a respirar hondo en todas las situaciones de la vida.

Concluimos la importancia de aprender a expresar, de alguna manera,  las emociones,  dejarlas fluir sin tropiezos,  aprendiendo a canalizarlas, convenientemente, pues de ello depende, en gran parte,  la calidad de nuestra salud física y mental.  

Acercándose las fiestas Navideñas, aun siendo tan distintas y especiales este año,  aprovechemos un poco para aparcar la negatividad y dejar aflorar los mejores sentimientos, la esperanza, la solidaridad, la alegría y el cariño familiar, aunque sea en la distancia.  El mero ejercicio de intentarlo sinceramente  nos hará sentir mejor.  

                                      















lunes, 23 de noviembre de 2020

COMUNICAR





Comunicar con los demás (charlar, compartir, dialogar) no solo es importante  sino necesario  para el equilibrio personal  y los procesos de socialización humana. 
El ser humano es un animal social que necesita de los demás. 

Aprender a transmitir ideas y sentimientos,  aprender a escuchar  son tareas elementales para entendernos, para evitar conflictos (o solucionarlos),  para sentirse mejor consigo mismo y con las  personas en un mundo difícil.   Es asignatura importante  que debe aprenderse desde la infancia para adquirir una adecuada competencia comunicativa. 
El ser humano re-crea la realidad a través del lenguaje.

Comunicamos verbalmente con el habla (oralidad) o bien por la escritura, pero también por lenguaje no verbal:  gestos/ señales o paralenguaje (acento, volumen de voz, entonación, velocidad del habla...). Incluso con el silencio.  Todo transmite información de manera explícita o implícita, aunque lo que entendemos como comunicación, en sí, supone una acción consciente e intencional que pretende informar, generar acciones, conocer al otro y darse a conocer, solucionar conflictos, llegar a acuerdos,  transmitir conocimientos y enseñar. 

Por otro lado, para comunicar mejor hay que conocerse bien, ser capaces de sinceridad y autenticidad  para transmitir confianza:  esa realidad consistente en la que se asientan y consolidan  las relaciones humanas y  sus sociedades.          

El ser humano, como  criatura contingente,  depende de otros factores, personas o circunstancias,  para existir.   Como ser social, necesitará de la aportación de los demás para una vida digna, colaborando él, por su parte, con sus propios talentos y capacidades. 
Comunicar adecuadamente le permitirá  expresar sus necesidades,  creencias, deseos, metas, proyectos, anhelos, solicitar la ayuda que necesite y también poder brindarla. 

Para que el comunicar sea efectivo y positivo los expertos incluyen los siguientes rasgos y actitudes:  escucha activa, empatía, comprensión del lenguaje no verbal (lenguaje corporal,paralenguaje), asertividad,  habilidad para resolver diferencias, respeto y credibilidad. 

Subjetivamente,  los beneficios de una comunicación positiva son evidentes.   Las personas disminuyen su estrés,  se sienten mejor consigo mismas y con los demás, son más creativas y se concentran mejor;  aprenden más, se motivan con mayor facilidad,  mejoran el rendimiento,  se hacen más empáticas y comprensivas, más resilientes y responsables; gestionan mejor sus metas y sus logros personales,  crecen y maduran,  tanto cognitivamente como emocionalmente,  de manera significativa. 

Comunicar adecuadamente se convierte en una manera de amar.

                                                             






viernes, 16 de octubre de 2020

APRENDER RESILIENCIA

 

Resiliencia es un concepto en evolución  y una palabreja de moda,  pero, sobre todo, una noción importantísima que se alimenta de varias actitudes en línea. Presupone fortaleza interior, perseverante y tenaz, ante la adversidad y emociones negativas, que se alimenta de confianza y esperanza,  mucha esperanza, sin dejar de ser realista.   

Es un término que proviene de la física y la química, designando la capacidad de un material para recuperar su forma inicial tras la presión de una fuerza que lo deforma, y se adaptó a la psicología.  El término deriva del latín,  "resilio":  "re"  volver atrás y "silio" salto,  es decir, vuelta al principio, como era antes. De esta manera, las personas resilientes son capaces de soportar  situaciones importantes de estrés y salir indemnes; aprendiendo a superarlas, salen de la adversidad sin afectarse o todavía mejor: fortalecidas.     
El sinónimo más cercano en nuestra lengua sería "entereza".
El psiquiatra y psicoanalista Boris Cyrulnik acuñó el término para la psicología,  en la década de los 60, inspirado en los trabajos de John Bowlby.  

Cuando nos asomamos a la vida de algunas personas,  puede estremecernos la crudeza experimentada en muchas situaciones vividas y cómo,  sin darse  cuenta, aprendieron a salir de la adversidad  sin perderse a sí mismas.  
Estaban bien provistas de confianza en la vida, autoestima, realismo,  flexibilidad cognitiva creativa (pensamiento divergente),  afabilidad y  humor, configurando así un perfil habitual resiliente.       

Hace tiempo, leí un artículo en el que hasta el título era interesante: "La nueva felicidad se llama resiliencia".  Es así.  La felicidad, como estado y sentimiento intenso positivo, no es posible conservarla de forma mantenida.  La estabilidad emocional, por el contrario,  sí es un logro que fundamenta de manera consistente una infraestructura  de  felicidad que perdura:  la paz del alma, la tranquilidad del corazón.     

La personas resilientes sufren menos trastornos de ánimo o depresiones,  gozan de mejor salud física y mental, viven más satisfechos y obtienen mejores resultados en su actividad  laboral y relacional;  valoran, comprenden  y ayudan más a los de su alrededor,  se hacen sabias y  felices.  

Pudiera haber tendencias naturales que faciliten su desarrollo,  pero lo cierto es que la persona resiliente, en sí, no nace, se hace.   Y para mantenerla viva, activa y consolidada,  hay que practicarla al paso de la vida. 
 
Vale la pena: aprende resiliencia y descubrirás un secreto infalible para  ser feliz.  


                                              













miércoles, 30 de septiembre de 2020

ESPERANZA

 

                                                                   

                                                   

Según la Real Academia,  la esperanza es un estado del ánimo en el cual se nos presenta como posible lo que deseamos.

Inferimos,  en primer lugar,  que  la esperanza supone un estado de ánimo positivo, dinámico, abierto y confiado que nos da la seguridad interior de obtener lo que se espera,  en general,  cosas buenas de la vida.  Además,  aliada con la perseverancia y la resiliencia, ayuda a superar las dificultades que pueden acontecer , con la confianza de que podremos con ello y no torcerá nuestros objetivos más profundos.   Se diferencia de la expectativa en el cálculo racional de esta, que se fija más en  consecuciones  concretas.   La esperanza es más intuitiva, difusa y amplia, una pura experiencia subjetiva que espera, en general,  ese bien y cosas buenas, desde la confianza en sí mismo y en la propia  vida.  

La esperanza saludable se alimenta de realismo (por supuesto) y posibilidad, añadiendo que,  como  estado de ánimo positivo, favorece la vida en línea  con lo deseado: las sincronías, sintonías y resonancias de idéntica frecuencia mueven sutilmente la realidad en dirección de la propia confianza.   La desesperanza produciría, justamente,  el efecto contrario.   

La esperanza es así  dinámica y proactiva, en dirección de lo que se espera.  Infunde serenidad ante la vida, confianza y paz, a pesar de las dificultades normales que vayan llegando.  

La esperanza puede considerarse una construcción personal,  por la cantidad de perspectivas que la enfocan.  Puede implementarse conscientemente en la vida, trabajarse y entrenarse,  pero  también es cierto  que otros son, espontáneamente, naturalmente esperanzados por temperamento o convicciones-creencias personales.   Todo sirve para experienciarla,  y quien lo consigue ve cambiar su realidad. 

La esperanza, junto a la perseverancia, son claves de bienestar y suponen recursos emocionales de elección para la felicidad y la salud mental.  Ayuda a dar sentido a la vida, al mismo tiempo que se alimenta de los significados vitales que, cotidianamente, la esperanza es capaz de encontrar en ella (esas pequeñas cosas que iluminan la existencia).
Una vida esperanzada se halla más fuerte y preparada para combatir el estrés, la ansiedad,  además de suponer, socialmente, un bien  importante: al compartirla y transmitirse al entorno promueve la motivación colectiva y la cohesión social. 
  
El profesor Dacher Keltner (Universidad de Pensilvania)  afirma que las personas estamos biológicamente preparadas para experimentar esperanza.  Y no es de extrañar, porque  su dinamismo positivo favorece vivencias adaptativas, constructivas, una garantía de supervivencia, que impulsará  la fuerza, la resistencia, la superación, el optimismo, la resiliencia, frente al derrotismo que tira la toalla ante la más pequeña adversidad.   

Decía Marcel Proust: Trata de mantener un trozo de cielo azul  encima de tu cabeza, porque, como afirmaba  Cervantes,"donde una puerta se cierra,  otra se abre"

                                                               



martes, 1 de septiembre de 2020

ACEPTAR LAS EMOCIONES

 

   




Junto a la alegría, el dolor, el miedo, la repugnancia o la ira, la tristeza es una emoción universal, que se da en todas las culturas, con un patrón gestual reconocible.  Todas las emociones son reacciones psicofisiológicas del individuo a estímulos concretos, de la realidad o del recuerdo. Los sentimientos que acompañan son su resultado, elaboraciones mentales posteriores, que se procesan entre el cerebro límbico, ínsula y áreas prefrontales de la corteza cerebral, para su consciencia.

Las emociones hay que sentirlas, aprender a concienciarlas, aceptarlas y asumirlas.  Porque tienen importantes funciones sociobiológicas adaptativas, que no podemos obviar;  a lo largo de la historia humana en el planeta, como tierra inhóspita, su tarea ha sido siempre ayudar la supervivencia de la especie.  

La tristeza, como cualquier otra emoción negativa (ira, repugnancia, dolor o miedo) no hay por qué negarla ni reprimirla.  Al contrario, su función, incluso sin ser consciente, motiva la solución de aquellos problemas que la provocan o la búsqueda de nuevas actitudes y conductas más adecuadas.  

La tristeza se expresa en el rostro, en la expresión abatida, la falta de energía, todo lo cual, unido al procesamiento mental de sentimientos afines, nos hace conscientes  a nosotros mismos de nuestro penoso estado y alerta a los demás que nos rodean de que algo  no va bien, fomentando la ayuda y la solidaridad (cohesión social).  

 La energía se interioriza para conservarla y focalizarla en la solución del problema que nos afecta, ahorrando  recursos emocionales y mentales, que hacen falta en ese momento para gestionar, con la debida tranquilidad, alternativas y  salidas de tal estado.  El ánimo decaído ralentiza la actividad dinámica física,  cognitiva y conductual; y la poca vitalidad previene, así, esfuerzos innecesarios cuando se hace imposible, directamente,  solucionar la adversidad que nos entristece

Como emoción protectora,  centra la atención en uno mismo para, desde ahí,  focalizarse en el problema.  La persona busca poco a poco fortalecerse para  afrontar la realidad con mejores fuerzas, decidiendo los ajustes  necesarios en la propia vida, que permitan recuperar una existencia adaptativa y saludable.  Protectora, también, porque, como dijimos,  el entorno interpreta las señales como petición de "ayuda" y responde a ellas. 

Es la emoción más reflexiva que existe  ( lenta; las demás suelen ser bastante automáticas e inmediatas);  fomenta la introspección personal y ayuda a explorar y valorar la propia vida, adecuando lo que haga falta para restaurarla.  
 
Todo ello en camino para lograr la vida plena y feliz que se desea.